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La sonoridad chilena y la música que podemos cantar

La música chilena no es ponerle más trutruka a la electrónica o citar a Neruda en el rock, la sonoridad chilena es aquella que se caracteriza por dominar lírica y melódicamente la tristeza. La melancolía, desde un punto de vista social, geográfico y humano. El existencialismo chileno es único, muy propio, cargado de trancas, prejuicios y un humor que sólo Chile tiene, y que sólo un país como el nuestro merece. No importa que tan sarcásticos o deprimidos parezcamos, nuestras penas son únicas, transgeneracionales y retornables según nos ha demostrado la historia. “Atrévete a Amar”, la canción más conocida del dúo pop Sol Azul, fue un hito radial a mediados de la década noventa, representando a una generación desentendida de los grandes temas y superficialmente manipulables. Sin embargo su contagioso coro tiene más melancolía que fantasía adolescente, “baila y no pienses nada más”, y en medio de la pista la enérgica cantante invitaba a olvidar los problemas y disfrutar del momento. Más sencillo y honesto, imposible. Quizás uno de los mayores problemas que sufre nuestra música son las inútiles ataduras políticas que han transgredido parte del cancionero popular. Posturas, opciones y la militancia de muchos grandes artistas y creadores ha etiquetado y limitado, injustamente, gran parte de los sucesos musicales que ha interpuesto la cultura popular. Artistas y música a la que accedemos bajo la influencia de la iglesia, medios de comunicación, las clases políticas y un público que culturalmente se restringe de escuchar más allá de lo que su filosofía le ha permitido. En medio de los grandes y peores momentos de nuestra historia contemporánea se han expuesto canciones que no han perdido fuerza en el nuevo siglo y se revalidan constantemente entre las nuevas generaciones. Difícil diferir en torno a que Los Prisioneros son la banda chilena más popular de las últimas dos décadas. Argumentos socioculturales que atraviesan las referencias políticas y antecedentes históricos. En pleno gobierno militar el grupo logró imponer desde el underground un repertorio contundente, que destacó por su simpleza armónica y la inteligencia lingüística de su cancionero. Versos que 25 años después siguen sonando más vigentes cada vez que se conoce un acto de corrupción, discriminación o intolerancia. “Nuestra actitud ha sido siempre la de un grupo súper chileno. Si uno tiene una identidad clara, el éxito le llega solo. Charly García, por ejemplo es súper argentino, o Raphael es súper español. El Scaramelli, por ejemplo, no tiene gusto a nada y por eso nadie lo pesca” decía Jorge González en 1990 (revista El Carrete). Porque las circunstancias y los fenómenos cambian, la década ’90 nunca tuvo un gran y único referente. Más bien se habla de un sólo movimiento como El Nuevo Rock Chileno, un eslogan que lanzó la industria discográfica e impuso radio Rock&Pop. De ese periodo sobresalió La Ley, como gran icono pop en la primera mitad de la década, y Los Tres como contraparte del rock a partir de su sesión Unplugged. Al revisar gran parte de este repertorio nos encontramos con una generación de bandas distraídas por el aprovechamiento de los sellos y desorientadas por la democracia, que se desvinculan de la protesta y del discurso propiamente político. La generación del “No estoy ni ahí” que crítica y se canta a si mismo. “Yo no digo que debamos mantener de por vida el duelo por los detenidos desaparecidos. Ni quedarnos pegados en el discurso político de los ’70. Puedes abjurar del pasado, negarlo en tanto evitar que se repita, pero no es para nada aconsejable decir que jamás existió” dijo Mauricio Redolés en 1992 a El Carrete. Los más grandes éxitos del rock pop nacional de la década noventa, con Joe Vasconcellos, Gondwana y Tiro de Gracia, jamás llevaron un single con carácter ideológico a las radios, para evitar reencontrarse con la censura que atentó contra muchas composiciones durante la década ’70 y ‘80. “Acá se habló de lo mío como ecología mental. No sé lo único que cacho es que la gente joven está muy dura para abrazarse, besarse, hacer el amor. Hay una tranca muy grande, es como que hay una parte del proceso que no se ha vivido. De repente desde un régimen súper autoritario nos pasamos directamente al SIDA” decía Joe Vasconcellos en 1993 a revista El Carrete. Si bien bandas del punk rock como Fiskales, Los Miserables o Santo Barrio continuaron levantando, paralelamente, crudos estribillos de protesta en contra del sistema y frente al ahora difunto militar, son bandas que por lo general han sido excluidas de las radios y medios masivos, capitalizando su popularidad y discurso en círculos universitarios. Quizás el único quiebre en la música popular lo hizo Makiza con “En Paro”, de 1999, un sencillo tan claro y directo que no fue programado en varias radios del dial FM por sus referencia políticas, en pleno proceso electoral de la histórica elección Ricardo Lagos versus Joaquín Lavín. Tras la experiencia de “En Paro”, que significó amenazas a la gente de Makiza y a la vez ventas superiores a las 20 mil copias del álbum, nadie se atrevería a lanzar un sencillo con carácter sociopolítico en Chile. Sin embargo, desde Concepción y coincidiendo con la separación de Los Tres, llegó a radio Rock&Pop un demo inteligentemente bien confeccionado. La canción “El Detenido” de Los Bunkers, que tras su salida al aire conmovió la razón de miles de auditores que convirtieron el sencillo en un éxito radial. Un tema tan sórdido y doloroso para los chilenos como los desaparecidos tras el golpe del ’73 era, por primera vez, tratado de una manera tan sutil y melódicamente amable. Una banda de pop rock nacional con discurso y una postura, toda una hazaña para la escena local. Otros ejemplos fue lo que hicieron Los Miserables con “Carta Marina”, una canción que es capaz de trizar el corazón a cualquiera, “Bendición” de Mamma Soul y “Las Horas” de Saiko, entre las pocas canciones radiales que han enfrentado nuestra historia reciente. Mientras que el resto de éxitos radiales se ha caracterizado por el existencialismo puro, el amor desde un punto de vista arraigado y convaleciente (Lucybell, Canal Magdalena y similares) hasta la ironía musicalizada de Los Mox, Chancho en Piedra, Sexual Democracia, Glup y Sinergia, que mezclan el rock voluminoso con la picardía y el humor negro. Hay que considerar que los últimos discos locales que marcaron pauta en ventas fueron el álbum de covers de Javiera & Los ImposiblesAM” y “MTV Unplugged” de La Ley, ambos con más de 60 mil copias facturadas hasta hace seis años atrás, y las superventas de la colegial María José Quintanilla, la más aventajada del Clan Rojo, y el primer álbum de 31 Minutos, uno de los fenómenos televisivos más importantes de la última década. 

Actualmente el rock nacional vive un incierto periodo carente de mayores referentes. Los Prisioneros, Los Tetas, Tiro de Gracia y La Ley ya no están juntos, Los Tres, Joe Vasconcellos, Lucybell, Chancho en Piedra y Gondwana ya no pesan como antes, los históricos Inti Illimani, Quilapayún, Illapu se desvanecen en conflictos y Los Jaivas y Congreso son más marca que vigencia por lo que quizás el rock pop nacional permanece, pero disuelto, como un género esporádico y de éxitos aislados. De los últimos 8 años, sobresalieron y avanzaron entre las grandes audiencias Los Bunkers, Chico Trujillo, Saiko, De Saloon, Sinergia, Papanegro, Francisca Valenzuela en su mayoría con resultados pendientes. Mientras que la escena alternativa, al fin, logró empatar (y superar) el nivel de las producciones con discos de Javiera Mena, Gepe, Leo Quinteros y CHC. Los Prisioneros fueron únicos para su época y para nuestra historia, por lo que las comparaciones serían bastante injustas. Los noventa fueron la década de muchas canciones y de varias bandas que fueron capaces de constituir una marca propia en el dial FM, con resultados concretos de Los Tres, La Ley, Gondwana, Joe Vasconcellos y Tiro de Gracia. Y para la generación actual el espectro se amplia mucho más con la inserción de Internet en más hogares, la caída de la industria discográfica oficialista y la apertura de las radios a la escena alternativa deja muy buenos discos hasta la fecha. Los Bunkers como el principal y mejor referente popular de los últimos 8 años, demostrando que con trabajo constante es más fácil acercarse a las expectativas. Las letras de desamor de Los Bunkers, Saiko (con Denisse Malebrán) y Javiera Mena entre los mejores estribillos de la década, mientras que CHC ha grabado la banda sonora de una generación autodidacta que defiende un lenguaje propio, popular y tremendamente consciente, que recupera la crítica sin caer en el partidismo político ni la demagogia intelectual que amenazó a muchas otras bandas, como el disco “Manzana” (2004), último trabajo de Los Prisioneros, entre las mayores decepciones de la música popular de la última década. Y es imposible dejar pasar el trabajo de El Macha en La Floripondio y Chico Trujillo, la banda más chilena del país. De la actualidad vale la pena distinguir los talentos del cantautor Leo Quinteros, que se supera en cada nuevo disco, Rosario Mena la mejor cantautora adulta de la escena indie local, el rock melancólico de Jirafa Ardiendo, el hip-hop versátil de CHC y sus proyectos derivados, las composiciones de la juvenil Javiera Mena, el pop bailable de Lulu Jam, la electrónica de Bitman y Roban y el rock pluralista de The Ganjas y la incomparable Colombina Parra en Los Ex. Mientras que del mainstream nacional destacan el cancionero de Los Bunkers, los singles de Saiko, la seguridad de Anita Tijoux y la avanzada popular de Sinergia, Chico Trujillo y De Saloon. Aunque todas las cartas para una figura de exportación se las lleva Francisca Valenzuela, joven talento local que tiene condiciones para pararse en cualquier escenario del planeta y conseguir la atención de las grandes audiencias. El problema con Chancho en Piedra es que siguen haciendo música pensando en la adolescencia con composiciones que sólo le restan originalidad a una de las bandas más frescas de la década noventa. Por su parte Lucybell vive un nuevo proceso de transición del que no será fácil salir si siguen conformándose con llenar estadios. Nicole debe demostrar de una vez por todas que tiene la mejor voz del pop local pero en canciones, no con el pelo. Los Tres viven acomodados en un tecnicismo que les resta emoción y originalidad a sus nuevas composiciones, quizás sea culpa de la adultez. Algo similar a lo que vive Joe Vasconcellos, que sigue publicando bonitos discos pero nada tan relevante para entusiasmar a las masas. Gondwana se quedó pegado en los acordes del reggae tradicional y en los últimos años ha tenido 3 nuevos vocalistas sin mayores sorpresas. Y de los ex miembros de Los Prisioneros y La Ley no se podría esperar algo mejor considerando que se disolvieron por el decaimiento de sus composiciones y pasaran la vida conmemorando un pasado glorioso. No así con Los Tetas que siguen tan inquietos como hace 10 años y siguen sonando contemporáneos.

Lo que me gusta de las nuevas generaciones es el desprendimiento que existe de las tradicionales musicales de grabación, promoción, difusión y expectativas que la industria discográfica promovió hasta hace algunos años. La prioridad de las nuevas generaciones es hacer más música buscando mejores momentos y no componen mentalizados con la idea de hacer un hit para aumentar sus créditos bancarios. Hay deseos, ideas, palabras que es necesario expresar y compartir sin depender de un patrón político sino que desde un punto de vista más humanista y personal de lo que sucede con nosotros. Tampoco existe esa necesidad de “sonar chileno” pero si hay un reencantamiento interesante con los elementos tradicionales de la canción popular, y inevitablemente permanece la melancolía nacional en cada una de las nuevas canciones que se componen y publican. Desde Violeta Parra, Angeles Negros, Los Prisioneros, Los Jaivas, Los Tres hasta Chico Trujillo, Francisca Valenzuela y Los Bunkers, hay un acento que es muy propio e inconfundible. Fueron, son y serán las voces y el lenguaje de los chilenos, un país tercermundista ubicado al fin del mundo, con tantas ventajas y desventajas que podría ser un país más alegre, pero hay algo en la sangre o en nuestra cultura que nos hace seres invernales, reflexivos y soñadores. Chile es un país de poetas pero también nos gusta la fiesta, y esa mezcla de baile y pena nos ha convertido en una nación única que vive eternamente peleando su lugar. Un espacio temporal y generacional que busca su banda sonora, una que no suene ni tan clásica ni tan moderna, pero que se oiga como sólo nosotros la podemos escuchar y cantar.

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